Expediente Brunet · una herida en la familia
La noche de la Asunción, el 15 de agosto de 1851, la hija mayor del patriarca fue asesinada en un baile de San Sebastián. Una muerte que la erudición había dejado en blanco: hoy tiene nombre, fuentes y desenlace.
María Manuela Josefa Brunet Bermingham tenía veintiún años y era la primogénita de la casa: hija mayor de José Manuel Brunet y Prat, cabeza de la gran familia banquera, y de Manuela Bermingham. Era, decían los periódicos, «muy querida» en la ciudad. Era también, aunque ninguno de ellos podía saberlo, la tía que Guillermo Brunet Bingley nunca llegaría a conocer: hermana mayor de su padre Alfonso, entonces un niño de doce años. Catorce años antes de que Guillermo naciera, la mataron ante la ciudad entera, y la familia arrastró la herida hasta la generación que habría de construir el San Sebastián moderno.
El homicida fue Antonio de Vita, teniente del Cuerpo de Ingenieros de guarnición en Gipuzkoa, enamorado de ella sin ser correspondido. Un relato de testigo presencial, impreso pocos días después, reconstruye aquel día terrible de principio a fin:
«El teniente Vita, á quien guió todo el día 15 la mano fatal de su destino, estuvo aquella mañana en la iglesia detrás de la señorita Brunet, y la madre de ésta, viéndole tan demudado y fuera de sí, sacó á su hija del templo. Por la noche entró Vita en el baile, y exasperado al observar la que creía frialdad é indiferencia de su amada, salió del salón ciego, fué á su casa y cogió la navaja con que después le dió muerte.» La Paz (Sevilla), 2 de septiembre de 1851 — «un testigo presencial»
En el baile del teatro de San Sebastián, aquella noche, al pasar ella por delante de él, le asestó tres puñaladas por la espalda con una navaja de monte que había ido a buscar a su casa. El móvil que confesó: «una pasión amorosa desgraciada» —los celos—; «el corazón de la joven María era todo entero de» otro. Se entregó. Lo encerraron en el castillo de la Mota, sobre la ciudad.
Por ser Vita oficial en activo, lo juzgó un consejo de guerra. El fiscal, el licenciado Ezequiel Larrazábal, lo acusó de asesinato con cuatro agravantes: alevosía (la traición de las puñaladas por la espalda), cometido en una función pública y bajo autoridad legítima, en ofensa de la concurrencia y con arma prohibida. Pidió para él la muerte. El 2 de noviembre de 1851 se confirmó la sentencia, y los periódicos dejaron constancia del momento —y del sombrío desacuerdo de los jueces sobre cómo debía ejecutarse:
«…confirmación de la pena de muerte impuesta por el consejo de guerra… si bien hubo diferencia [en el] modo de ejecución, opinando la mayoría por el fusilamiento, y la minoría por el garrote… Al oír la sentencia de muerte cayó sobre sus rodillas como herido de un rayo.» La Época, 2 de noviembre de 1851
No fue ejecutado. El expediente de clemencia se conserva, digitalizado en el archivo nacional; la resolución real, leída del original, es a un tiempo burocrática y humana. Confirma que la sentencia era justa, advierte que debió ser de garrote y no de fusilamiento, y entonces gira:
Conmovida por la súplica de Dolores Soto —la madre del homicida— y a la vista del informe del Tribunal Supremo de Guerra y Marina, la Reina conmutó la pena de muerte por diez años de «presidio con retención», que habría de cumplir encerrado en un fuerte de las Islas Filipinas. En febrero de 1852 la prensa entrevió el final: «Antonio Vita, teniente que fué de ingenieros» —despojado ya de su grado—, conducido en diligencia camino del mar. El hombre que mató a la hija del patriarca se desvaneció en el confín del imperio.
Durante siglo y medio el registro calló sobre cómo murió. La genealogía erudita (Gárate, 1990) anotó sólo que la hija mayor de José Manuel Brunet, «Manuela Josefa», nació en 1830 y murió el 15 de agosto de 1851 —sin causa—. Los periódicos, que la llamaban «María Brunet», la aportaron; y el registro parroquial de San Sebastián, que la nombra en los dos extremos de su vida como María Manuela Josefa Brunet Bermingham, prueba que son la misma muchacha. «María» era su verdadero nombre de pila: llevaba el de su madre (Manuela) y el de su tía María, pues dos hermanas Bermingham habían casado con dos hermanos Brunet-Prat. La prensa tenía razón; la genealogía sencillamente la había abreviado.
La mataron el día de la Asunción, en un baile, bailando; y el 15 de agosto era también el decimoquinto cumpleaños de su hermano José. Toda genealogía familiar guarda una fecha como ésta; la de los Brunet resulta estar documentada en una docena de periódicos, dos libros parroquiales y un indulto firmado en nombre de la Reina. Y queda un último testigo, íntimo: cuarenta y un años después, cuando murió el propio patriarca, su esquela de 1892 recordaba que había sobrevivido a casi toda su familia, «entre ella una hija, asesinada en medio de una brillante fiesta por un amante desdeñado» (El Correo, Madrid, 7 de agosto de 1892) — el padre nombrando, a su manera y por fin, la herida. Este documento existe para que la primogénita de la casa sea recordada como algo más que una fecha de muerte en blanco en el cuadro de un erudito: por su nombre verdadero, y con todo lo que le ocurrió.
Fuentes: la prensa española de 1851–52 (La Paz, La Época, El Anunciador, El Clamor Público, Las Novedades, El Faro Nacional, El Correo Salmantino, entre otras) · Archivo Histórico Nacional, Ultramar, Filipinas–Gobierno, Leg. 5163, Nº 20 (el indulto real, digitalizado en PARES) · la esquela del patriarca en El Correo (Madrid), 7 de agosto de 1892 · Archivo Histórico Diocesano de San Sebastián (partidas de bautismo y defunción) · Gárate Ojanguren, BEHSS 24 (1990). Reconstruido en julio de 2026. Complemento del expediente principal Casa Brunet.